Pensar la guerra con imágenes (primera entrega)

por Claudia Gordillo (Universidad Federal de Paraná)

 

Este texto es la primera entrega de una serie que he decidido titular Pensar la guerra con imágenes. Se trata de apartados y avances de la investigación de Doctorado en Sociología, en el cual estoy reflexionando la configuración de visualidades de la guerra a partir de fotografías documentales. Me intereso por las fotografías que muestran el horror y, que al igual que Susan Sontag, las encuentro necesarias para pensarnos como sociedad.

Es en este sentido que este primer texto relata mis acercamientos a las fotografías que casi nadie quiere o puede mirar. Es una mirada íntima de quien mira las fotos desde adentro, desde su ciudadanía colombiana, desde su visceral sentido de justicia.

Desde cuando estudiaba comunicación social y periodismo me he preguntado por las formas que usa la prensa para representar las víctimas del conflicto armado, especialmente las fotografías. Las miraba y encontraba personas muertas, con sus rostros desfigurados, personas impactadas y familias en agonía. Me encontraba frente a fotografías que narraban el horror. Imágenes casi imposibles de mirar.

Después de enfrentar mi mirada con el horror, relacionaba la imagen con los textos que usualmente la acompañan: titular, lead, pie de foto y el cuerpo de la noticia. En varias oportunidades la imagen no se relacionaba directamente con el acontecimiento noticioso; otras veces la imagen era tan directa que tenía el poder de golpear la mirada para no ser vista.

Figura 1: Titular “hallan 16 cadáveres” con el pie de foto “en camiones fueron trasladados hacia la cabecera municipal de San Carlos los cadáveres de los campesinos asesinados en un recorrido de la muerte adelantado por un grupo armado ilegal por tres caseríos de este municipio del Oriente Antioqueño”. Foto: El Mundo. Fuente: Periódico El Mundo, en portada, 19 de Enero de 2003.
Figura 1: Titular “Hallan 16 cadáveres” con el pie de foto “En camiones fueron trasladados hacia la cabecera municipal de San Carlos los cadáveres de los campesinos asesinados en un recorrido de la muerte adelantado por un grupo armado ilegal por tres caseríos de este municipio del Oriente Antioqueño”. Foto: El Mundo. Fuente: Periódico El Mundo, en portada, 19 de Enero de 2003.
Figura 2: momentos después de la explosión de un carro bomba en la ciudad de Buenaventura. La imagen hace parte del artículo titulado “retaliación con carro bomba”, y su pie de foto “el atentado se produjo a las 9:35 a.m. en inmediaciones de la Fiscalía y la Alcaldía de Buenaventura”. Foto: Reuters. Fuente: Periódico El Espectador, Sección Judicial, 25 de marzo de 2010.
Figura 2: momentos después de la explosión de un carro bomba en la ciudad de Buenaventura. La imagen hace parte del artículo titulado “Retaliación con carro bomba”, y su pie de foto “El atentado se produjo a las 9:35 a.m. en inmediaciones de la Fiscalía y la Alcaldía de Buenaventura”. Foto: Reuters. Fuente: Periódico El Espectador, Sección Judicial, 25 de marzo de 2010.

Próxima a mi graduación, en el año 2000, pensaba que los acontecimientos del horror debían presentarse de una manera más sutil, pues la exhibición del cuerpo destrozado solo era funcional para alimentar el morbo de los lectores y aumentar la venta de ejemplares. Argumentos que sustentan las prácticas de la prensa sensacionalista hasta la actualidad.

Por aquellos días, pensaba que la imagen de la víctima era una figura que servía para referenciar el horror. Caí en reflexiones simplistas que la consideraban como un objeto-víctima que servía, en gran medida, para espectacularizar y graficar la barbarie.

Mis argumentos, pocos profundos en el campo de los estudios visuales – debido no solo a mi inmadurez teórica, la poca apuesta política de la comunicación para pensar la imagen y la reciente e incipiente entrada de los estudios visuales en Colombia –, giraban cíclicamente en las prácticas capitalistas de los medios de comunicación de masas que anulaban la víctima o que la reducían a gancho de venta, criminalizando a fotógrafo y periodista como sujetos antiéticos. Esa simplicidad argumentativa era suficiente para no mirar las pocas imágenes del horror.

Con el tiempo percibí que muchas otras personas tampoco miraban este tipo de fotografías. Entendí que mi no mirada no constituía una reacción propia, argumentada y crítica sobre esa realidad. Por el contrario, se trataba de una acción reflejo que yo estaba repitiendo como síntoma de una sociedad que se volvió indiferente al conflicto armado y sus víctimas. Como si no mirar significara no estar inmersa en la perversa realidad de la guerra colombiana.

Comencé a mirar las imágenes como investigadora, a preguntar por el sentido de ellas dentro del conflicto armado: sus sujetos, objetos, eventos, contextos, intenciones, exhibiciones y ocultamientos. En un comienzo, lo que estaba buscando era una respuesta a mi forma inicial de no mirada, esa forma repetitiva e impuesta sutilmente. ¿Cómo no mirar las imágenes de la guerra, cuando son ellas una forma de narrar la guerra? ¿Cuáles eran las tensiones entre imagen, medios, contexto político y espectador que ellas producían? ¿Cuál era el papel relevante de la fotografía de guerra para Colombia? Estas preguntas fueron colocándose como centralidades en mi quehacer investigativo.

Con los años, los estudios culturales me ayudaron a entender que las imágenes pueden ser construcciones de poder que utilizan los gobiernos para controlar los regímenes de visibilidad – en este caso la guerra –, y que pueden funcionar para gestionar discursos dominantes que se imbrican en la cultura como formas naturales.

Fue entonces cuando comprendí que las imágenes que dejé de mirar y las que miré sin entender hacían parte de la visualidad de la guerra. Eran formas “en que el poder visualiza la historia para sí mismo” (Mirzoeff, 2013, p. xxx), y que tienen el potencial de mostrar, evidenciar y ocultar lo que los gobiernos y empresarios quieren.

Probablemente, esa acción reiterada de mi no mirada a las fotografías del horror constituya un síntoma de los efectos dominantes, los cuales tendrían como finalidad crear distancia entre retratado, espectador y contexto – utilizo el presente porque es una realidad completamente actual –. Distancia que nos coloca como meros espectadores, cobardes, e incapaces de ver (Sontag, 2003, p. 53). Somos, en definitiva, coparticipes del sufrimiento. Actuamos en la medida de nuestra incapacidad para ver, sentir y ponernos en el lugar del otro.   

Esa distancia frente a las imágenes del sufrimiento se traduce en apatía, que resulta útil a los dominantes para posicionar otras informaciones menos relevantes. Analistas de medios denominan este fenómeno como “cortinas de humo”, pequeños Flash en primeros planos que dejan al espectador aturdido para, posteriormente, conducirlo a otros asuntos menos interesantes.

Max Weber cuestionó al inicio del siglo XX en relación a la prensa: ¿qué es público? Y ¿qué debe tornarse público? (1919, p. 253). Preguntas actuales y valiosas que sirven para pensar el conflicto armado en relación con su visualidad. Sobre todo, cuando en Colombia la gran mayoría de los periódicos de amplia distribución pertenecen a reducidos poderes económicos que presentan información parcializada. La prensa en Colombia, en su gran mayoría, refuerza lógicas e intereses del poder hegemónico, lo que reproduce representaciones fragmentadas y distorsionadas de los acontecimientos sociales instaurados como lo real.

Aunado a eso, parece ser que el conflicto armado en Colombia ha dejado de ser interesante para los medios de comunicación. El horror de la masacre, la potencia de sustraer la vida de civiles, el poder destructor manifiesto, el sufrimiento, ya no resultan noticia; en tanto parece que el ambiente periodístico es dominado por un fuerte tufo de lo impactante.

Pero, ¿qué es lo impactante de la guerra para el periodismo colombiano? Podríamos decir que lo impactante es traducido como lo que se debe mostrar, lo que se debe fotografiar, lo que causa estupor, sentimentalidad, compasión y/o morbo. Lo impactante es la tragedia, el número de muertos y la escenificación de la barbarie. Todas ellas características que acompañan las lógicas comerciales de los periódicos y no la víctima como ser humano.

Es en este sentido que cobra relevancia el estudio de las fotografías de la guerra en Colombia. Sobre todo, cuando ellas, en su conjunto y en sus múltiples relaciones están configurando ciertas visualidades sobre las víctimas. 

Pregunta W.J.T. Mitchell (1996): ¿qué quieren las imágenes?, y él responde: las imágenes solo quieren ser cuestionadas en relación a su deseo. Se trata de preguntar el sentido de las imágenes y sus contenidos: sujetos, objetos, presencias y ausencias. Pues la imagen nunca es inocente, ella incluye y deja por  fuera del encuadre lo que no precisa para su intención.

En palabras de Vilem Flusser (1985), podríamos afirmar que se trata de hacer scanning y, para ello, es necesario seguir trazos y líneas de la estructura de la imagen para encontrar relaciones entre sujetos-objetos, tiempo-espacio, encuentros-desencuentros.

Investigar sobre la imagen y con la imagen se trata de encontrar relaciones entre imagen, contexto, sistema de producción-distribución, funciones, políticas de gobierno y estrategias estatales. De tal forma, que se puedan develar enunciados y ocultaciones que generen rupturas en el orden naturalizado de fotografiar el conflicto armado en Colombia.

Referencias bibliográficas

FLUSSER, Vilém. Filosofia da Caixa Preta. São Paulo: editora Hucitec, 1985.

MIRZOEFF, Nicholas. “The right to look”, Revista de Estudios Globales y Arte Contemporáneo, Vol 1, Núm, 1, 2013, p. 83-109.

MITCHELL, W. J. T. “What Do Pictures “Really” Want?”, October, Vol. 77. (Summer, 1996: 71-82).

SONTAG, Susan. Ante el Dolor de los Demás. Colombia: Alfaguara, 2003.

WEBER, Max. Ensaios de Sociologia. Em: GERTH, MILLS (Orgs.) Rio de Janeiro: Zahar, 1974.

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