Un taco de ojo. La imagen erótica y pornográfica en México, 1910-195

por Juan Manuel  Hernández Almazán

¿Qué nos dice la pornografía? Por una parte, podemos ver en ella un espíritu del tiempo (Zeitgeist) o bien toda representación pornográfica –en tanto reiteración del acto sexual- resulta atemporal. En particular, la pornografía mexicana de principios del siglo XX ha sido interpretada desde dos ángulos transversales: por un lado, una válvula de escape ante al proceso civilizatorio occidental (cfr. Elias, 2000); por otro, un acto políticamente subversivo frente a la concentración del poder posrevolucionario.

Las siguientes líneas estudian la fotografía y el cine pornográficos no desde los diferentes movimientos de censura que han tenido por objeto “salvar la niñez mexicana”; campañas que por cierto han quedado plasmadas en el Código penal federal de 1931. Tampoco desde un enfoque políticamente transgresor del orden social y particularmente patriarcal: en varias de las películas se puede ver cómo las “tortilleras” o “tribaditas” tenían acceso al placer sin necesidad de un hombre. Antes que ello, ofrece una interpretación poco explorada hasta ahora: el simulacro.

Así, Romer (2002) señala que los vendedores de fotografías porno empezaban a mostrar a sus clientes imágenes discretas y solo pasaban al material más sugerente si la reacción del comprador daba pie a ello. Por su parte, Francisco Mujica, titular de la Secretaría de Comunicaciones, ordena en 1937 cancelar el registro de artículos de segunda clase a las publicaciones de carácter sicalíptico, las cuales en adelante circularían en sobre cerrado (Bartra, 2002). Al parecer, las prohibiciones legales y el tabú que rodean a las imágenes pornográficas hacían necesario para los productores, actores y distribuidores ocultar su trabajo ante ciertas personas pero exhibirlo frente a otras.

Este juego de intermitencia visual se puede identificar en varias fotografías de la época; nótese el contraste entre el torso desnudo de los actores y el antifaz que cubre su rostro (fotografías 1 y 2). Al respecto, se puede suponer que dichos antifaces mantienen oculta la identidad de las personas que aparecen en la imagen, pero también pueden formar parte del placer de mirar: “He aquí por qué, cuando se descubre que lo que es visto solo buscaba hacerse ver, y cuando habría sido evidente desde el principio que la intimidad revelada evidentemente no tenía ya nada de íntimo, el interés se diluye y muere” (Arcand, 1993: 230).

Fotografía 1
Juan Crisóstomo, sin título, ca. 1926. Tomada de: Morales, Alfonso (1994). “Livianos y diletantes” en Luna córnea, núm. 4, p.67.
Fotografía 2
Tomada de: Córdoba, Carlos (2005). «Vintage Porn», en Alquimia, vol. 8, núm. 23, p.10.

De hecho, este mismo juego de intermitencia visual se puede identificar en varias cintas silentes mexicanas; véase cómo en Tortilleras calientes (ca. 1940) dos mujeres que mantienen relaciones lésbicas son espiadas por un hombre a lo lejos. O bien, en La campesina (ca. 1940) una mujer que orina entre los matorrales es descubierta por un hombre que se acerca y forcejea con ella antes de tener relaciones sexuales. Finalmente en Tomás y Juana en el jardín (ca. 1940), un criado espía a una sirvienta mientras ésta lava su ropa interior, el hombre se acerca y empieza a besarla y tocarla. Mientras tanto, la dueña y patrona de la casa busca a la criada por el jardín y por poco los descubre teniendo relaciones sexuales.

Al parecer, el placer y su búsqueda no existirían o al menos no se vivirían con igual intensidad si no estuvieran velados: “la pornografía tiene una absoluta necesidad de encontrar algún pudor por vencer” (Arcand, 1993: 230). Es decir, mientras la superficie reproduce las normas aceptadas el fondo representa la transgresión de esas mismas normas; sin embargo, antes que ver en ello una contradicción entre lo público y lo privado, su constante imbricación sugiere una convivencia cotidiana. Una simulación en la que participan incluso aquellos que tienen por oficio vigilar el cumplimiento de las normas; es decir, una acción estrictamente ilícita pero que hace posible la relación entre grupos y roles sociales diferenciados e incluso antagónicos.

Bibliografía

Arcand, Bernard (1993). El jaguar y el oso hormiguero. Antropología de la pornografía. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.

Bartra, Armando (2002). “Entre la fina urdimbre de una falda: Vea, Niuglo y el déshabillé”, en Luna Córnea, núm. 25, pp. 36-54.

Elias, Norbert (2000). The Civilizing Process. Sociogenetic and Phsycogenetic Investigations. Malden: Blackwell Publishing.

Romer, Grant (2002). “La daguerrotipia erótica”, en Luna Córnea, núm. 25, pp. 16-23.

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